Bahidorá: la idea del río, la música y el capital

Por Ricardo Pineda

 

Resulta complicado pensar en Bahidorá como una de esas marcas sólidas que hoy se asemejan mucho al ecosistema “circuito de festivales” del país. Pese a sus ocho años de fuerte construcción de identidad, sendas impresiones positivas que lo apuntan como uno de los mejores de su especie a nivel global, además de su oferta sonora y vivencial bien definida, el carnaval de Las Estacas, Morelos, aún invita a hablar de refinamiento y edificación antes de consolidación. 

Bahidorá: la idea del río, la música y el capital

Hay en el medio una discrepancia abismal importante a considerar sobre Bahidorá. Pese a cohabitar dentro de los linderos de un espacio natural sin precedentes, una oferta musical de primer nivel y un dinamismo de “festival boutique” que permite hilvanar de forma sólida el flujo aleatorio del capital con el entretenimiento, la cultura y las artes, el ambiente múltiple y en saldo general que arroja el Carnaval apunta ciertas fotografías evidentes que funcionan para repensar nuestro papel como público asistente, crítica especializada o incluso orquestadores de experiencias más allá del trabajo, la diversión o la idealización de las experiencias culturales de un tiempo y una época. 

Resulta pertinente y quizás provecho pensar en el río como esta entidad protagónica en Bahidorá, en el que naturaleza y constructo social se han fusionado de forma completa; un oxímoron que se alimenta de su ambivalencia. Verlo así: el río es flujo efímero pero eternamente presente, es un placer que invita a nadar en él y una imponencia de respeto y precaución, un embrujo de la contemplación pero también un dejar pasar para vivir contentos y disfrutar el momento. 

Entonces, una idea puede ser el río como percepción, el público. O dicho de otro modo: lo que resulta una edición digna de recordarse como una de las mejor curadas, aterrizadas y memorables para unos, para otros es un habitual aunque rotundo abismo negro, en donde el desenfrene dipsómano, enteogénico o dionisiaco premian sobre ese esmero que posiblemente nos aleje de reconocer en el Carnaval de Bahidorá el evento musical que le hace frente de forma madura, razonada y congruente a la contemporaneidad de América Latina (unos energéticos La Redada y Son Rompe Pera, la brutalidad y asombro de Combo Chimbita, el fresco pero accidentado pop de Buscabulla, la magistralidad de Teto Preto, Cami Layé Okún, o unos maduros Sotomayor así lo sugieren); una tarea que los que han podido y querido articular no lo hacen por asomo (Vive Latino). 

 

Ahí donde unos viven un sabor de boca de altísimo nivel, en otros sigue siendo el Carnaval con menos ojos sobre el escenario, mayor volumen de charla y de activaciones sumando en el área: un batiburrillo que se prefigura inasible para cualquiera, abrumador y ciertamente opresivo desde la experiencia inmediata una vez comenzado. 

Entonces, el río como realidad, la tierra. Lo que ves es lo que hay, y el Carnaval de Bahidorá propone charlas, actividades de balneario, experiencias de compra, divertimento, oferta gastronómica, artística y más allá, aunque en el fondo, ese gancho que lo prefigura distintivo y poderoso sigue siendo la música como discurso. Ahí en donde el techno de vieja escuela nos brinda el guiño de oro de su fiesta de apertura (enorme Theo Parrish), por el anverso significa una fórmula que se trabaja, se cuadra y lo engalana desde la fortaleza de su moderación: leyendas de glorias de décadas pasadas aún en la espuma de la vigencia (Erykah Badu, Masters at Work, Sister Nancy), selectores de culto y aprecio (Analog Africa, Habibi Funk, Love Maker), así como una revisitación puntual a la escena electrónica global, seguirán haciendo de Bahidorá ese signo que renueve el ciclo y lo haga importante al pasar de los tiempos. 

 

Entonces, el río como ilusión, el capital. El Carnaval de Bahidorá habita esos linderos de aparente nicho, tratando de equilibrar un nivel de gastos de producción importante, con los riesgos operativos y atractivo de una oferta con la presencia siempre agridulce de las marcas, el cobro incesante por servicios múltiples y el trabajo sobre la educación y la acción en torno a la huella ambiental, lo que en suma lo vuelve ese festival boutique, “gourmet”, de un público que puede costearse una cantidad que no se encuentra en la media del bolsillo local. Y, realidades aparte, es también un público mayoritario que luce de buenas a primeras poco heterogéneo, desgarbado de la sensibilidad discursiva que pone Bahidorá sobre la mesa y que en ciertos momentos puede transpolar el ambiente nocturno en un ecosistema mucho más denso y sórdido. 

Entonces, resulta pertinente y gratificante ver cómo ofertas cargadas de conciencia social o provenientes del aterrizaje barrial (Son Rompe Pera, Sister Nancy…) logran un esplendor sólido en el Carnaval, aunque hermanando de una manera atípica con un público que parece tener todo lo que requiere para entrar en comunión, pero que no deja de mantener un semblante de “sana distancia”. El capital entonces como el elemento que hace todo posible pero que también distancia al emisor del receptor de forma inevitable. El dinero como río en el que todos nos bañamos y en el que la rueda de la fortuna deja de girar cuando se agota. 

Entonces, el río como un inevitable, el tiempo. Un fin de semana en febrero ocurre cada año desde hace ocho emisiones, y se convierte en ser, de una vez por todas y esperemos por mucho, en un referente ineludible de buena música, naturaleza, descanso e intercambio de percepciones excepcional, algo que ya está muy lejas de los grandes emporios del entretenimiento y que los pequeños capitalizan a pasos más sesgados y experimentales dado su naturaleza. 

El tiempo pondrá en perspectiva si todo el esfuerzo detrás de Distrito Global y quienes hacen posible el Carnaval de Bahidorá, apuntala hacia un festival importante para la memoria cultural de un continente, que haya aportado un grado más contundente a la discusión local en torno a ofertas de entretenimiento sensibles e inteligentes, o si nos traerá un modelo de negocio más o menos tablas, más o menos rentable, de camino a una década de crecer y perfeccionar año con año aristas sólidas que han dejado de padecerse entre una edición y otra (accesos, seguridad, oferta musical, servicios sanitarios, comunicación y organización logística…). 

El río como un imbatible, la permanencia y la memoria. En una mirada general aunque detallada, el Carnaval de Bahidorá se erige como un reducto importante y necesario en su especie y sería una maravilla verle un futuro con una mirada más precisa de sí mismo, como un negocio que equilibra y que resuelve con creces, sin ponderar sólo las coyunturas, concesiones ni agendas de lo posible y lo conveniente. Por lo inmediato quedan para la posteridad la música insuperable, las amistades sonrientes, el clima envidiable y la naturaleza insuperable que nos tolera y resiste por un año más.